No ha empezado la temporada aún, pero en el circo romano ya ha comenzado el espectáculo. Los primeros pulgares ya apuntan hacia abajo y no rueda el balón, pero sí las primeras cabezas.
Nuestra querida ciudad de Cartagena, mal llamada “pueblo” por paletos e ignorantes, alcanzó su máximo esplendor en la época romana. Fuimos, somos y seremos romanos y es algo llevamos en la sangre. Ahora estamos bajos los dominios de un nuevo César Augusto, encarnado en nuestro presidente Paco Gómez. Precisamente el mes de agosto, nombrado así en su honor, es cuando suele ejercer todo su poder entre la plebe. Malas noticias llegan desde todas las partes del imperio, y la gente empieza a desesperarse.
Por la lógica y ordenada distribución de las ciudades romanas, es sencillo localizar la ubicación del circo romano. Se encuentra en la Rambla de Benipila, al bajar el puente. Circo donde hemos visto luchar a nuestros gladiadores, donde hemos jaleado las victorias, fracasado en las derrotas y donde esperamos encontrar una diversión cada quince lunas. Parece que los tiempos de máximo esplendor han acabado, y la decadencia empieza a ensombrecer nuestras vidas, bastante castigadas por la situación actual.
El emperador vuelve a actuar, pero no sabemos si mal asesorado o aconsejado, o simplemente porque no es capaz de controlar todo el poder que se ha otorgado él mismo. Muchos dicen y dirán que estamos aquí gracias a él, que ha puesto el dinero para la reconstrucción del club y que hay que darle las gracias. Efectivamente, hay que darle las gracias por lo que hizo, pero lo que ha hecho es dejar al equipo en el mismo sitio que lo encontró. Compró un taller de ánforas, contrató a los mejores trabajadores, mejoró la maquinaria y multiplicó sus ingresos. Excelente gestión, ¿no?. Pero si el taller despide a los empleados, vende la maquinaria y pierde los ingresos, volvemos a lo mismo y la gestión ha fracasado.
Pero lo peor no es la decadencia, es repetir los errores que nos han llevado hasta ella. Volvemos a lo mismo y no parece que nada vaya a cambiar. Ahora estamos presenciando la destrucción de nuestro mejor comandante, el jefe de las tropas, el máximo estandarte del pueblo. Nuestro “gladiator” Mariano, está siendo humillado, maltratado y llevado al olvido. Si, exactamente igual que en la película. Poco más que decir, todo lo puedo resumir en aquella mítica mítica frase que todos hemos pronunciado: ponen una de romanos...Parece que es el primero que pagará el pato.
Poder y destrucción vienen de la mano. Llega un momento en el que decidir es fácil pero acertar es lo complicado. Ya hemos vivido esta situación con otros gladiadores y conocemos el triste resultado. Es normal que la gente no tenga ganas de pagar una entrada para ver el circo, pero no es normal que el pulgar esté apuntando hacia abajo desde el principio. Cartagena, esa gran ciudad que fue capital de provincia, pese a quien le pese, tras la división administrativa de Diocleciano, es ahora capital del desastre, de la desilusión, de la decepción y de la incertidumbre. Nuestra lapidación ha comenzado...
Está claro que todo puede cambiar, que puedo meter la pata y que todo acabe en noches de vino y rosas, pero lo que podemos tocar ahora mismo no me produce ninguna ilusión. La vuelta a los tiempos dorados parece que será larga y costosa. Lo peor es que volveremos a saludar a nuestro emperador con la conocida frase, pero en nuestro caso queda de esta forma: Ave, Paco, los que se van a abonar te saludan. No nos queda otra, no podemos quedarnos sin ver el circo, pero que todos recordemos que emperadores ha habido muchos y que el poder real reside en el pueblo.
Insisto, gracias a los romanos...